(1813-1855)
Ejes de su pensamiento:
a) La relación con el padre, que determina su perspectiva religiosa.
b) La relación con su prometida, Regina Olsen: Rompió su compromiso con ella como sacrificio, para recuperarla a un nivel espiritual .
c) La relación con el pensamiento de Hegel : Hegel identificaba a Dios con lo universal. El Estado era para él el Dios viviente, el espíritu de un pueblo. Cuando el hombre desaparece queda el Estado. A lo que más puede aspirar un hombre es a sacrificarse por el Estado. Entre el individuo y la comunidad, debe elegirse la comunidad. Es el sacrificio de lo particular por lo universal. Kierkegaard está en desacuerdo, Dios es para él una persona, es individual, la relación del hombre con Dios es una relación persona a persona. Dios se presenta ante el hombre como algo abismal, Dios es infinito, el hombre en cambio es finito. Para Kierkegaard eso es lo que enseñó el cristianismo. Dios no es el Estado. Para Kierkegaard, lo de Hegel es paganismo, un intento por volver a la ingenua armonía social de los griegos.
d) La relación de Kierkegaard con la figura de Jesús y con la Iglesia: La Iglesia es una comunidad hecha para proteger al individuo, para que se sienta contenido, pero cuando la persona muere, nadie puede dar cuenta de lo que hizo en vida, está sola cara a cara con Dios. Kierkegaard rechaza la Iglesia institucional (formar parte de ella es eludir la responsabilidad por nuestros actos). Desarrolla una concepción antihumanista del cristianismo. Para él Cristo no representa un acercamiento de Dios hacia el hombre. Es la prueba de que el hombre debe anular lo humano que hay en él para llegar a Dios, anular su razón y su sensibilidad, como Cristo lo hizo en la cruz.
Kierkegaard no se presenta como filósofo, sino como un pensador religioso que viene a decir a la gente cómo ser un buen cristiano, y es a través de un autoanálisis, basado en el sentimiento y no de la razón, como intenta entrar en contacto con la esencia verdadera del hombre.
Los individuos son para él únicos e irrepetibles, pero esa individualidad es compartida por todos. Es el primero en considerar la existencia como atributo netamente humano: El hombre se caracteriza por el espíritu, la unidad del alma con el cuerpo, unidad que siempre está a punto de quebrarse, porque el alma es lo infinito y el cuerpo es lo finito. El hombre se presenta como una síntesis inestable. Esta contradicción que es el hombre, hace que nunca esté bien ubicado en el mundo, y ese no encontrarse es lo que se manifiesta en la angustia. El hombre tampoco encaja en sí mismo, y esa falta de armonía conduce a la desesperación.
A pesar de que la existencia humana no llega nunca a ser coherente, hacemos intentos por darle unidad, lo que Kierkegaard llama los tres estadios del espíritu:
a) Estadio estético o de la sensibilidad
b) Estadio ético o moral.
c) Estadio religioso.
Aunque hay entre ellos una jerarquía, el pasaje de un estadio al otro es libre y constituye un salto cualitativo.
a) En el estadio estético el hombre está en la superficie de sí mismo, no hay compromiso con nada, se vive el instante, un presente separado del pasado y del futuro. Cada instante aparece como cerrado sobre sí mismo y no deja ningún recuerdo o aprendizaje. Se busca lo diferente, lo novedoso. La figura paradigmática es el Don Juan (personaje de una ópera de Mozart). Surge al final una sensación de angustia que se manifiesta como ironía o desprecio de lo particular, al considerarlo inferior a cualquier decisión definitiva.
b) En el estadio ético la figura central es el padre de familia. Éste es el estadio del compromiso, que significa no sólo una promesa hecha a otro, sino que uno se promete a sí mismo cumplir en el futuro con lo prometido. El tiempo puede generar cambios, olvidos, y llevar a romper el compromiso, pero sólo el paso del tiempo permite cumplir con él. Kierkegaard llama la repetición o eternidad en el tiempo al ideal de este estadio: A cada momento voy a elegir lo que elegí en el momento anterior como si lo hiciera por primera vez. Hegel se quedaba en el estadio ético, porque él pensaba que el particular debe sacrificarse por lo universal, por la comunidad, y la comunidad es identificada por él con Dios. Para Kierkegaard esta idea es originaria de los griegos y es propia de la figura del héroe trágico, dando el ejemplo de Agamenón y el sacrificio de Ifigenia. En esta tragedia: a) El Dios habla en público en un idioma que todos pueden entender b) Se da un sacrificio de lo particular por lo universal, o de lo estético (el amor del padre por su hija) por lo ético, se sacrifica lo individual por el bien de la comunidad. Prima el deber de Agamenón como rey de su pueblo. Además, éste tiene el consuelo de que la comunidad llora su destino trágico, comprensible para todos, incluso para su hija, la sacrificada, y para su mujer. En el estadio ético también surge la angustia, que se traduce en humor. En vez de lograrse una repetición en la pareja, volver a enamorarse todos los días como la primera vez, el matrimonio se siente a la larga como una carga que genera agobio y se toma como un chiste. Lo importante no es el cumplimiento del deber de padre, sino la relación con Dios, con lo infinito. Si uno se da cuenta de esto salta al estadio religioso.
c) En el religioso, a diferencia del anterior, se sacrifica lo universal por lo particular. La religiosidad se vive con angustia porque el hombre es una unión de lo infinito (alma) y lo finito (cuerpo), y el hombre no puede lograr por sí solo la síntesis de estas dos cosas. Por eso está en permanente estado de desesperación y la única salvación posible es entregarse a Dios, que es puramente infinito, y para eso el hombre tiene que negar su lado humano, el cual consta de sensibilidad y de razón. Para lograr esa eliminación de toda vinculación con lo terrenal, tiene que entregarse con una fe ciega a Dios, de modo irracional y antinatural. Kierkegaard habla de ello en Temor y Temblor, cuando relata el sacrificio de Isaac por Abraham. Abraham sacrifica su amor de padre (lo estético) y su deber de padre (lo ético) por su relación con Dios (lo religioso). Sacrifica lo finito (sentimiento) y lo universal (deber moral) y lo hace por algo infinito y particular, que es Dios. El lenguaje con el que habla Dios es privado y no puede ser comprendido por la comunidad. Y si el hijo hubiera muerto, no hubiera tenido Abraham el consuelo de que la comunidad llorara su muerte desgraciada. Es admirable, porque lo que dice que va a pasar, pasa, porque lo que logra es incomprensible. Está en una situación de máxima angustia, porque al escuchar una voz en su interior hubiera podido pensar que era una tentación del demonio o una alucinación, y emprende un viaje a una montaña que está muy lejos, y mil veces podría haberse arrepentido y volver. Que él siga hasta el final no es racional, es una cuestión de fe. Se ve en este ejemplo la radical libertad que el hombre tiene, porque es él el que decide matar al propio hijo, y su fe es tan ciega, que cuando está por matarlo piensa que algo va a pasar, piensa que Dios le va a devolver el hijo y eso que él espera es el milagro. Es que su fe va unida al amor, a la confianza en Dios, sin la cual nada de lo que hace tendría sentido.
Concepto de la angustia: Para Kierkegaard el hombre es una realidad singular e irrepetible, lo que significa que en cada uno de nosotros la humanidad empieza de nuevo. Si bien podemos decir que Adán es el primer hombre cuantitativamente, desde un punto de vista cualitativo cada uno de nosotros es el primer hombre, y cada uno de nosotros empieza con cada acto que realiza. Esto significa que tenemos una libertad absoluta, no estamos obligados por el pasado.
Kierkegaard dice que, a diferencia de los demás seres, el hombre es el único existente (existir consiste en ser un haz de posibilidades). Además antes de realizar cualquier elección correcta, tenemos que optar entre dos posibilidades radicales, que serian: elegir-elegir o elegir no elegir, hacernos o no responsables por lo que elegimos. No elegir es responsabilizar a las circunstancias, a los otros o a Dios por nuestras decisiones.
Cuando trata el tema de la angustia, Kierkegaard se está preguntando acerca del origen del mal. Lo que va a hacer es un análisis psicológico apoyado en la teología. Se pregunta cómo se da el pecado original en Adán. Critica a aquellos que piensan que pecó en estado de inocencia y que el resto de la humanidad peca debido a la mancha que surgió a partir del pecado de Adán y que se transmite de padres a hijos. Dice que no es así porque eso es poner a Adán fuera de la humanidad, del género humano. Lo mismo que lleva a Adán al pecado es lo que a nosotros nos hace pecar. Kierkegaard dice que el pecado surge de la inocencia, pero eso no nos da una explicación, porque la inocencia no puede ser causa de su contrario, el pecado.
La tendencia a pecar existe antes del pecado, esa tendencia se llama concupiscencia (deseo). La inocencia es igual a la ignorancia, no saber distinguir entre el bien y el mal, pero el hombre nace libre aun antes de conocer su libertad, como un haz de posibilidades que son infinitas y que son una nada, porque son lo todavía no realizado. Esas posibilidades se le aparecen como un abismo que le produce vértigo. Ese vértigo es una angustia, no como sentimiento pasajero sino como propia del ser mismo del hombre: angustia ontológica, que él llama “dulce opresión”, ese vibrar de las infinitas posibilidades. En esta etapa el espíritu está como dormido y sueña posibilidades, algunas de ellas muy malas, pero no sabe que lo son porque no conoce, no sabe por qué lo son, porque no conoce la diferencia entre el bien y el mal.
La distinción entre el bien y el mal surge de la prohibición, cuando Dios dice “no puedes comer del fruto de la sabiduría del bien y del mal” (no pretender ser Dios) y “si comes del árbol morirás”. Frente a esas palabras Adán no entiende y peca, pues no entendía lo malo de pecar y qué significaba eso de morir. Una vez que el pecado se cometió Adán vuelve a sentir angustia, pero esta angustia es la conciencia de que no puede revertir lo que hizo, la culpa. Pero aun así no podemos afirmar que Adán estaba obligado a pecar, porque ese fue un acto de libertad, y la culpa surge porque no puede atribuir a nadie la responsabilidad por el pecado cometido. Cada hombre es un nuevo Adán, es como si la humanidad empezara de nuevo y empieza también en el estado de inocencia. Se transmite la disponibilidad para pecar pero no el pecado, y sin embargo los hombres pecan porque toda decisión es pecado. Optar por lo finito frente a lo infinito de las posibilidades, eso es pecar. Si bien uno tiene con cada acto la posibilidad de empezar de nuevo sin culpa, siempre vuelve a pecar.
Kierkegaard distingue entre angustia objetiva y subjetiva: la primera aumenta con el tiempo, porque cada vez que ingresa un hombre al mundo con él ingresa el pecado y la angustia, y el pecado tiene efectos sobre la naturaleza no humana (se produce un desequilibrio). La angustia subjetiva no aumenta ni disminuye, es siempre la misma en el hombre (mi angustia no es más ni menos que la angustia del otro).
La angustia es la condición para el pecado y la desesperación es el pecado, porque la desesperación surge de los intentos que hacemos al margen de Dios para superar la contradicción que hay en nosotros entre lo finito y lo infinito O nos reducimos a nuestra realidad concreta y perdemos lo que hay de creatividad, posibilidad y riqueza en nosotros y nos empobrecemos, o bien nos reducimos al ámbito de la pura fantasía y de la pura posibilidad, y caemos en la locura al peder contacto con la realidad.
Comprender la desesperación es lo que puede salvar a la persona, porque gracias a ella se da cuenta de que la única salida es entregarse a Dios. Solo el que desespera de sí mismo puede esperar la ayuda de Dios.
BIBLIOGRAFÍA
Kierkegaard, Temor y temblor.
Kierkegaard, El concepto de la angustia
TebanuS